sábado, 26 de noviembre de 2011

Lima y el resto del Perú - Una crónica desde las entrañas de la indiferencia.

Lunahuaná es, quizá, el lugar más próximo al cual acudir para escaparse de la rutina capitalina y disfrutar del sol y el deporte de aventura. Pasar una noche entre amigos, entre copas, entre varios vasos de plástico llenecitos de alguna marca extranjera de whisky. Armar una carpa y estirar los músculos y que luego la amiguita de turno te provoque las más extraordinarias erecciones.

Sin embargo, a unas 3 o 4 horas del paraíso sexual juvenil, viajando en combi con el suave olor del sudor, de los costales con verduras y de los alimentos no perecibles provenientes de Cañete, existe un pueblito llamado Ayza.

Hasta allí llegamos. Eran las 9 de la mañana. Habíamos salido de Catahuasi 3 horas antes y pasado la noche en una posada que con suerte encontramos. Con la misma suerte entramos 3 personas en una sola cama.

Ayza es un pueblito cuesta arriba, no por sus avances económicos o tecnológicos o por sus ingresos per cápita en ascenso. Es cuesta arriba por sus caminos empinados y el esfuerzo que día a día sus pobladores hacen para sobrevivir en un lugar donde a duras penas llega la electricidad. En Ayza no hay Internet y la señal de la telefonía móvil no existe. Tampoco tiene agua potable. Hay una escuelita de tripley bien pintada y con el irónico anuncio de “El Perú Avanza” en sus aires. Ayza está ubicada en la provincia de Yauyos, que queda en la ciudad de Lima. Lima la capital ¿La qué? La capital del Perú.

Mientras recorríamos la calle principal, buscábamos algún poblador que tenga un burro disponible para subir nuestras cosas a Tupe, un anexo de Ayza. Nuestro destino final.

Tupe es Ayza, Ayza es Tupe, pero a Tupe hay que ir caminando y si no tienes experiencia te demoras 4 o 5 horas según tu esfuerzo. No hay carreteras. Solo un camino en el cerro al borde de un precipicio con algo de vegetación en su recorrido.

El señor Mario nos alquiló un burro para que cargue nuestras cosas. Así el recorrido se hacía menos trágico. El animal nos costó 20 soles y nos recibió con el pene erecto que rozaba el suelo de Ayza. Al costado del burro estaba la niña guía, Carmen, tenía 9 años y cuando nos hablaba miraba hacia abajo, como avergonzada. Se reía cuando le hacíamos alguna pregunta:
-Carmen, ¿No tienes que ir al colegio hoy?
-No tengo clases pe si es sábado -, respondía sin dejar de sonreír y mirar al suelo jugando con su zapato que alguna vez fue negro y que alguna vez tuvo pasadores.

Iniciamos la caminata. Eran las 9 y media de la mañana. El sol asomaba cada minuto más. Se hacía más pesado caminar. Se desvanecía el agua de nuestras botellas y mis ganas de seguir. Incrementaban mis deseos de regresar a casa, tomar una ducha, coger mi computadora y dedicarme a hacer nada importante, nada relevante, olvidarme que existe Ayza, Carmen, que existe un burro cargando mis cosas, que existe un sol sofocante, que existo yo frente al olvido histórico. Borrar de mi mente que Perú le daba la espalda a su gemelo pobre y feo.

A las 11 de la mañana estábamos en medio de la nada. Si miraba hacia adelante veía un camino interminable, atrás el paisaje no cambiaba. Seguimos caminando. Ya nadie hablaba. Estaba sudando, intentando respirar, tratando de no beber y guardar mi reserva líquida para el resto del viaje, aún nos quedaban 2 horas.

A la una y media de la tarde logramos divisar un puente rudimentario por el que pasaban mujeres con la misma vestimenta que antes habíamos visto en Ayza: falda a cuadros y pañoleta color guinda y zapatos negros cerrados. Cuando vi el puente sentí que había concluido mi propósito de vida, ya podía morir en paz. Apenas lo cruce me podía llevar o dios o el diablo, pensaba. Lo único que quería era quedar inerte en el suelo tupino. Para siempre.

Había un letrero mediano al final del puente que decía: “Bienvenidos a Tupe”. Imaginé que luego de ese puente habría una feria, una plaza donde vendían artesanías, comida típica, diversión, turismo, vida, alegría, relajo. Sin embargo, cuando lo pasamos, nos recibió una plaza desolada, apenas enrejada, con bancas a su alrededor. El sol incidía casi directamente en el centro. El único ruido que se escuchaba era el que más allá hacían los obreros que construían una escuela de material noble, la única edificación de material noble en el paisaje. Las casas, incluso el hotel, eran de quincha y adobe.

Cruzamos la plaza y fuimos a la casa del señor Pedro, él nos hospedaría porque en el hotel ya no cabía espacio, estaba ocupado por los obreros traídos tal vez de algún lugar de Cañete. Durante el corto trayecto lo único que vi, a parte de las casitas, fueron las heces de burro por todos lados, el hedor era insoportable.

Nadie en casa de Pedro. Eran las 2 de la tarde y nuestros estómagos rugían reclamando alimento. Destapamos la cocina -su puerta era un pedazo de metal negro- que estaba ubicada al costado de la vivienda. No tenía más de 3 metros de largo. De ancho había apenas 2 metros. Encontramos una mesa, platos de plástico, pequeñas ollas y una cocinita que funcionaba a kerosene. Todo indicaba que debíamos cocinar.

Mientras los demás preparaban algo de comer, una niña se acercó a la casa. Yo estaba sentada en el frente, mi cabeza se partía en dos, en tres, en cuatro debido a la altura. Le pregunté su nombre. Cinthia tenía 10 años, 6 hermanos y su mamá se había ido al cerro a pastar a los animales, le pregunté a qué hora llegaba su mamá:
-A la noche, más tarde viene.
-¿Has almorzado Cinthia?- pregunté.
- No
- ¿A qué hora almuerzas?
- Cuando llegue mi mamá.

Su mamá llegaba a las 6 de la tarde, antes de que oscurezca completamente. Así que le dije a Cinthia que se siente conmigo y comamos el tallarín con atún que ya estaba listo. También se acercó otra niña más, Sandy, tenía 6 años pero su estatura era de una de 4. Se acercó arrastrando una botella de plástico aplastada que tenía un hueco en uno de los extremos por el cual atravesaba un pedazo de pabilo. Era su auto de juguete. Sandy tampoco había almorzado. Las tres nos sentamos a comer. Tomamos gaseosa comprada en una de las tiendas sin ventilación de por allí.

No hay lluvia y la noche tupina está estrellada. A las 19 horas las calles son desiertas, solo se escucha la bulla de las familias al interior de sus viviendas. El señor Pedro ha llegado con su esposa y nos han preparado la cena: pan, queso, cancha, oca y hierba luisa. Nuestro equipaje está en el segundo nivel de la casita, al cual se llega por una escalera que parece estar a punto de caer. El segundo piso no tiene ventanas. Hay dos camas con colchones que tienen la forma de las olas del mar, es decir, no dormiré bien.

Ya no hay bulla en todo Tupe. Son las nueve de la noche. Quiero llamar a casa. Todos queremos comunicarnos con nuestras familias y el único teléfono está del otro lado de la plaza. Caminamos y encontramos un espacio reducido donde hay dos teléfonos públicos. Al frente una tienda en la que venden tarjetas telefónicas a 5 soles. Nos toca hacer cola para coger algún teléfono. Delante de nosotros hay una mujer acompañada de 3 niños. Son sus hijos. La mujer que ocupa el otro teléfono está acompañada de 4 niños, uno más grande que el otro, también son sus hijos. 

El limeño no descansa antes de las diez. Mientras Tupe duerme nosotros permanecemos sentados frente a la casa de Pedro y fumamos y contemplamos las estrellas y queremos que nuestra corta estadía culmine ya y nos morimos de frío y pienso en Cinthia y en Sandy y en su carro, en su mamá, en sus hermanos. Cinthia dice que sólo tiene un carnero, no tiene burro. En Tupe los que tienen burro tienen más plata porque con el burro pueden traer cosas desde Ayza que llegan en camión desde Cañete. Y entonces recuerdo lo que me dijo Cinthia cuando le pregunté si creía en navidad. "Sí", contestó, pero no podían darle regalos “porque no hay plata pues, muy caro es dice mi mamá”.
- ¿Qué quieres para navidad Cinthia?
- Una muñeca-, me responde sonriendo y en sus ojos un brillo llenecito de inocencia. Cinthia sonríe y es feliz soñando cuando le digo que volveré una navidad y le traeré la muñeca más linda que encuentre en Lima y le pondré su nombre.

Es domingo y despierto con un dolor criminal en la espalda, Freddy Cruger entró en mis sueños y con la sierra eléctrica de Jason me partió en dos. Bajé para intentar lavar mis dientes y la cara en el único caño que tiene la casa y que extrañamente está fuera de ella. No hay duchas y el agua que entra en mi boca adormece los músculos faciales. Termino la tarea con la sensación de nunca más querer mojarme. Tomamos desayuno. Esta vez hay pan, queso, oca, cancha y sopa. Una sopa buenísima y a la temperatura perfecta para que mis músculos vuelvan a recuperar el movimiento y logren articular palabra alguna, me sale “gracias”.

Queremos entrevistar al alcalde de Tupe (para hablar del jaqaru, una lengua propia de Tupe, que está en extinción) y nos informan que el señor llega el lunes. Sospecho que el alcalde no vive por aquí, no sé si viva en Ayza o tal vez no sea tupino. No lo sé. Lo único que sé es que quizá no lo entrevistemos porque hoy tenemos planeado irnos. 

Por nuestro lente pasan pobladores, profesores y niños en general. Mi amigo que fungía de director del "documental" acerca del jaqaru, nos da la amarga noticia: debemos quedarnos un día más para entrevistar al alcalde.

Estaba resignada. Mi casa, cama, amigos, mis noches limeñas, los bares, el Tayta, Barranco, Tizón, el malecón, la bicicleta, las chelas del grifo, los amigos, los chistes, la parrilla, el vino, el verano limeño y las hormonas descontroladas. Todo formaba parte de una utopía. Un sueño de opio. El panorama era el de un cerro desconocido, las heces de burro por todos lados, el dolor de cabeza, la poca comida que podíamos conseguir pese a tener dinero. Pensaba en Cinthia y en todos los problemas que la rodeaban y sin embargo ella sonreía y no se daba cuenta, Sandy y su juguete con el que inexplicablemente se divertía, en la pelota desinflada con la que jugué con unos niños en la plaza, era domingo en la tarde y yo podría estar en casa almorzando o aplastada leyendo, pero estaba a varias horas de allá. Jugando con niños que no conocía, que tenían sus zapatos blancos porque no hay betún, tenían la ropa vieja, las mejillas rojas, la nariz con mucosidad y reían y yo quería llorar y ellos reían y yo quería coger mis cosas y largarme y no regresar nunca más y ellos continuaban riendo felices, desconociendo lo que existe más allá de su pueblo, desconociendo que hay un grupo minoritario de gente egoísta que difícilmente ve más allá de sus narices, de sus pistas, de sus casas, de sus playas, de su buen vivir, de su buen comer, de su buen vestir. Un grupo que, sin embargo, se alimenta de los impuestos que los tupinos deben pagar. Y una parte de ese grupo viste de sastre y corbata y sonríe a la cámara y otras veces le sonríe a su propia billetera y ese falso sentir los hace merecedores de un cargo público que ostentan con hidalguía perfumada de hipocresía y se sientan y se cagan en el llanto del lugar más paupérrimo y lejano del Perú olvidado, esa plaza, esos niños, esa gente, ese Perú pobre y feo que no queremos ver.

La mañana estaba húmeda. Ya era lunes. Coloqué la cámara de tal manera que enfoque toda la plaza mientras los niños formaban antes de ingresar a la escuelita que por ahora era un conjunto de aulas improvisadas -con paredes de lata- que ellos mismos limpiaban todas las mañanas antes de sus clases ¿Cómo van a limpiar ellos sus aulas? Los vi: niñas con escobas, niños con baldes cargando agua para limpiar su lugar de estudio. Cinthia barría, llevaba la misma ropa de hace dos días cuando la vi por primera vez.

Cantaron el himno nacional, el himno peruano, la voz en alto, orgullosos ¿Cómo pueden cantar el himno de un país que los tiene olvidados? ¿Cómo puede uno amar a un país que desconoce su existencia, sus necesidades, sus penas, sus alegrías, su pobreza? 

Nunca entrevisté al alcalde. Nunca lo conocí. Nunca llegó y me largué de Tupe. Cogí mis cosas y me fui sin despedirme ni de Cinthia, ni de Sandy, ni del señor Pedro. Me largué molesta y con los ojos abiertos de realidad. Más allá de Lima, más allá de las grandes ciudades.

Así como Tupe hay miles de pueblos olvidados por los gobiernos de turno que hace más de 20 años defienden un sistema intocable y perfecto y miserable.

Fui a Tupe en julio de 2010, en el último año de gobierno del presidente Alan García. Meses después el mandatario colocó una estatua de 30 metros en el cerro del distrito limeño de Chorrillos. Una estatua rimbombante, altanera, soberbia. García había donado 100 mil soles para colocar ese pedazo de concreto inservible y banal que además está dotado de un sistema eléctrico para que todas las noches alumbre las costas limeñas de la manera más ridícula y estúpida posible.

Mientras tanto en Tupe todo seguía igual: sin agua potable, sin servicios higiénicos en las casas, sin comunicación, sin pistas y débilmente iluminado. Aquí no más, a unas horas de Lima.