Jugando.
Se había deshecho de su voz tibia. De las sábanas que una vez envolvieron sus piernas. Su sexo. Su excitación de mediodía.
Medianoche.
Era la última vez, dijo. La última vez de las últimas veces que se había largado.
Era el agónico para siempre sucumbiendo ante el último nunca más.
Su rastro, como sus cabellos, se había disuelto como la sal que se mueve en el agua. Al final. Digo. Al final. Siempre se empoza en el fondo. Como en el alma. Como en la herida.
Era ahora sangre seca que ha de caerse. Lágrima evaporada. Fiebre controlada. Adiós. Dijo otra vez. Se había despedido tantas veces. Quien se despide tanto no quiere irse. No. Pero se fue.
Recogió su ropa y sus pasos. Recogió sus besos y todos los líquidos derramados. Adiós.
Y que la infelicidad sea tu compañera.
Así será, respondió.
Sus ojos ensangrentados que alguna vez dijeron tanto. Adiós. Cinco letras y un golpe seco de puñalada.
Ni una palabra.
Abrázame.
No más.
Adiós otra vez.
Y que el rencor no te deforme la cara.
Lo que mal empieza, mal acaba.
Adiós.
No quiero.
Adiós.
Bésame.
No más.
Puñalada.