viernes, 23 de enero de 2015

El vientre que tantas veces besé


Tenía los labios gruesos, como dibujados. La piel tersa de una juventud que parecía eterna. Sus ojos profundos denotaban que había pasado la mayor parte de su vida mirando el mar. En sus sueños o en sus viajes. Era una mujer de verano. De sal.

Su cuerpo parecía haber sido tallado a la medida de todas mis contemplaciones. Sus piernas robustas, la cintura dibujada. Los hombros pequeños y débiles, desde donde la cogí tantas veces, tantas noches, tantas tardes con el único y efímero propósito de atraparla para siempre.

La pasión desenfrenada provocó que nos revolquemos horas interminables en el día y otro tanto en las noches. Había excesivo sudor en las sábanas y tanto vapor en la única ventana que, finalmente, nos comprometimos. Pero a medida que pasaban los meses, mi demencia aumentaba al mismo ritmo que la pasión. Hasta hacerse incontrolable.

Sentí que se iba de mis brazos. Soñaba que la perdía. Que un día cogía sus maletas y se mandaba mudar a quién sabe dónde. Desperté llorando varias mañanas. Era tal el recuerdo tortuoso e inexistente, que pronto fue pernicioso para la vida misma.

Entonces, harto de pensar que se iba, empecé a botarla. Como a un perro. Largarla. Jugando al vete/ven/vete/ven. Era como atar lo más querido a una soga y lanzarlo al vacío para luego recuperarlo jalando de la pita invisible.

Otro día un hálito de lucidez vino a posarse sobre mi mente, en medio de toda esa enredadera de pasión que resultaron ser los últimos años de nuestras vidas. Bueno, de la suya. Ese relámpago, decía, hizo que termine de una vez la historia que hoy cuento. Por nuestro bien. Por el suyo más que por el mío. Así que nos mantuvimos distantes. Hablando lo necesario, queriéndonos todavía. La pasión la contuve por una suerte de sensatez. Era hora de irse, decía dentro de mí.

Una noche, cuando la soledad había ocupado cada centímetro de mi ser, terminé en la cama que compartíamos en la época febril. Ella llegó cuatro horas después. Se desnudó en frente de mí y se echó a mi lado. Sin mirarme. Sin hablarme.  Como si no existiera.

Tenía otros ojos y otra boca. Tenía el torso desnudo irreconocible. Se echó de espaldas y el olor que despidió no era el de verano. Era un olor otoñal, pétreo, distinto. Entonces abrió la boca y el aire se llenó de frutas secas y vino. Venía de otro hombre, de otro cuerpo, de un lugar más allá de mi comprensión. Había sido tocada por otras manos, por otro sexo. Su cuerpo, virtuoso, se había convertido en chatarra, como si lo hubiesen chamuscado en un fuego ajeno. Enloquecí.

Le pregunté con la voz apagada dónde, quién, cómo fue. Contuve mil veces el vómito. Con incontables arcadas terminé de escuchar la historia más trágica de esos días. Entonces cerré los ojos y lo que sucedió a continuación es la consecuencia de la demencia que resulta ser mi alegato final en un juicio que no tengo ganas de enfrentar.

Corrí hacia la cocina, desnudo. Tomé una cantidad indeterminada de agua. Ella seguía en la cama, presa de sí misma. Sin saber qué ocurría allá afuera. En un cajón cuya ubicación no alcanzo recordar, estaba el único cuchillo que teníamos en esa casita de una planta.

La luz del sol ya asomaba por el techo de calaminas que a duras penas pude colocar antes de que llegue su último invierno. Vomité.

Esa mañana de verano, no había ruido en las calles. De hecho, solo alcancé a escuchar el zumbido de una historia trastornada. Entré en el cuarto que mantenía una tenue iluminación. Cerré las ventanas, cerré las cortinas. Ella permanecía echada, mirando al techo, confundida.

Recorrí de lado a lado la cama, sin mirarla. Entonces le lancé los objetos que encontraba a mi paso. Sin furia, como si jugara con un cachorro atormentado. De pronto me encontré con su mirada. Había tristeza. Dejó de mirarme y se echó dándome la espalda. Enfurecí.

Salté como un animal en la cama y la volteé hacia mí. Su tristeza se convirtió en pánico. Mi asco en rabia, luego en coraje, rápidamente en compasión, de nuevo pasé a la ira, y mientras la demencia desbocada, escuché una a una sus palabras de amor en mi mente. Después su cuerpo junto a otro, sus piernas abiertas, sus gemidos lejanos. Empuñé el cuchillo. Te amo, yo también, mi amor, me toca la cara, me besa. La abrazo fuerte, voltea, sonríe. Ya vamos a cumplir cinco años, dice, la beso, rodeo su cuerpo con mis manos, cruzo mis piernas con las suyas. Me mira, sonríe. El cuchillo se hundió en su cuerpo de verano y yo amándola. Sus lágrimas caían, te amo. Las sábanas blancas de la cama que compramos juntos y que ella eligió, se tornaron húmedas y rojas. Tenemos que viajar pronto, pediré vacaciones. De su vientre, que tantas veces había besado, brotaban burbujas de sangre y ella lloraba. Te amo, ya quiero que llegue julio, amor ¿Sabes por qué?. Deslicé el arma nuevamente, mientras la sangre salía a borbotones, me seguía mirando y cerrando sus ojos poco a poco. En julio cumplimos cinco años, amor. Me levanté de la cama para apreciar mi obra maestra. Y levantaremos el segundo piso de esta casita. Le di una última mirada, ella fijó los ojos al cielo, se los cerré, la tomé de los hombros como cuando la época febril y seduje su cuerpo inerte. Nunca había sido tan feliz. Le limpié los labios de otro, el sexo de otro, la besé. Entonces, por fin, ya era mía para siempre.