viernes, 23 de enero de 2015

El vientre que tantas veces besé


Tenía los labios gruesos, como dibujados. La piel tersa de una juventud que parecía eterna. Sus ojos profundos denotaban que había pasado la mayor parte de su vida mirando el mar. En sus sueños o en sus viajes. Era una mujer de verano. De sal.

Su cuerpo parecía haber sido tallado a la medida de todas mis contemplaciones. Sus piernas robustas, la cintura dibujada. Los hombros pequeños y débiles, desde donde la cogí tantas veces, tantas noches, tantas tardes con el único y efímero propósito de atraparla para siempre.

La pasión desenfrenada provocó que nos revolquemos horas interminables en el día y otro tanto en las noches. Había excesivo sudor en las sábanas y tanto vapor en la única ventana que, finalmente, nos comprometimos. Pero a medida que pasaban los meses, mi demencia aumentaba al mismo ritmo que la pasión. Hasta hacerse incontrolable.

Sentí que se iba de mis brazos. Soñaba que la perdía. Que un día cogía sus maletas y se mandaba mudar a quién sabe dónde. Desperté llorando varias mañanas. Era tal el recuerdo tortuoso e inexistente, que pronto fue pernicioso para la vida misma.

Entonces, harto de pensar que se iba, empecé a botarla. Como a un perro. Largarla. Jugando al vete/ven/vete/ven. Era como atar lo más querido a una soga y lanzarlo al vacío para luego recuperarlo jalando de la pita invisible.

Otro día un hálito de lucidez vino a posarse sobre mi mente, en medio de toda esa enredadera de pasión que resultaron ser los últimos años de nuestras vidas. Bueno, de la suya. Ese relámpago, decía, hizo que termine de una vez la historia que hoy cuento. Por nuestro bien. Por el suyo más que por el mío. Así que nos mantuvimos distantes. Hablando lo necesario, queriéndonos todavía. La pasión la contuve por una suerte de sensatez. Era hora de irse, decía dentro de mí.

Una noche, cuando la soledad había ocupado cada centímetro de mi ser, terminé en la cama que compartíamos en la época febril. Ella llegó cuatro horas después. Se desnudó en frente de mí y se echó a mi lado. Sin mirarme. Sin hablarme.  Como si no existiera.

Tenía otros ojos y otra boca. Tenía el torso desnudo irreconocible. Se echó de espaldas y el olor que despidió no era el de verano. Era un olor otoñal, pétreo, distinto. Entonces abrió la boca y el aire se llenó de frutas secas y vino. Venía de otro hombre, de otro cuerpo, de un lugar más allá de mi comprensión. Había sido tocada por otras manos, por otro sexo. Su cuerpo, virtuoso, se había convertido en chatarra, como si lo hubiesen chamuscado en un fuego ajeno. Enloquecí.

Le pregunté con la voz apagada dónde, quién, cómo fue. Contuve mil veces el vómito. Con incontables arcadas terminé de escuchar la historia más trágica de esos días. Entonces cerré los ojos y lo que sucedió a continuación es la consecuencia de la demencia que resulta ser mi alegato final en un juicio que no tengo ganas de enfrentar.

Corrí hacia la cocina, desnudo. Tomé una cantidad indeterminada de agua. Ella seguía en la cama, presa de sí misma. Sin saber qué ocurría allá afuera. En un cajón cuya ubicación no alcanzo recordar, estaba el único cuchillo que teníamos en esa casita de una planta.

La luz del sol ya asomaba por el techo de calaminas que a duras penas pude colocar antes de que llegue su último invierno. Vomité.

Esa mañana de verano, no había ruido en las calles. De hecho, solo alcancé a escuchar el zumbido de una historia trastornada. Entré en el cuarto que mantenía una tenue iluminación. Cerré las ventanas, cerré las cortinas. Ella permanecía echada, mirando al techo, confundida.

Recorrí de lado a lado la cama, sin mirarla. Entonces le lancé los objetos que encontraba a mi paso. Sin furia, como si jugara con un cachorro atormentado. De pronto me encontré con su mirada. Había tristeza. Dejó de mirarme y se echó dándome la espalda. Enfurecí.

Salté como un animal en la cama y la volteé hacia mí. Su tristeza se convirtió en pánico. Mi asco en rabia, luego en coraje, rápidamente en compasión, de nuevo pasé a la ira, y mientras la demencia desbocada, escuché una a una sus palabras de amor en mi mente. Después su cuerpo junto a otro, sus piernas abiertas, sus gemidos lejanos. Empuñé el cuchillo. Te amo, yo también, mi amor, me toca la cara, me besa. La abrazo fuerte, voltea, sonríe. Ya vamos a cumplir cinco años, dice, la beso, rodeo su cuerpo con mis manos, cruzo mis piernas con las suyas. Me mira, sonríe. El cuchillo se hundió en su cuerpo de verano y yo amándola. Sus lágrimas caían, te amo. Las sábanas blancas de la cama que compramos juntos y que ella eligió, se tornaron húmedas y rojas. Tenemos que viajar pronto, pediré vacaciones. De su vientre, que tantas veces había besado, brotaban burbujas de sangre y ella lloraba. Te amo, ya quiero que llegue julio, amor ¿Sabes por qué?. Deslicé el arma nuevamente, mientras la sangre salía a borbotones, me seguía mirando y cerrando sus ojos poco a poco. En julio cumplimos cinco años, amor. Me levanté de la cama para apreciar mi obra maestra. Y levantaremos el segundo piso de esta casita. Le di una última mirada, ella fijó los ojos al cielo, se los cerré, la tomé de los hombros como cuando la época febril y seduje su cuerpo inerte. Nunca había sido tan feliz. Le limpié los labios de otro, el sexo de otro, la besé. Entonces, por fin, ya era mía para siempre.



jueves, 8 de mayo de 2014

Como si pudieras leerme

Había pasado tanto tiempo, que los detalles se desvanecían como el humo del cigarrillo que fumabas antes de dormir.
Ya no recuerdo las caras que vi, ni a cuántos saludé, ni a quiénes odié para siempre o desde siempre. En días como hoy que se hacen lejanos, solo un vacío me invade. Una fuerza incomprensible que me arrastra al rincón de cualquier lugar y me somete hasta la debilidad infame del recuerdo y el llanto.
Cada ocho de mayo desde entonces ha sido igual. El cielo gris y la neblina tímida es de lo poco que recuerdo. Hoy por ejemplo, el mismo clima me sorprendió y me hizo viajar hasta ese lugar lejano que resulta ser el día de tu muerte.
Una procesión de soledades me habita desde entonces y siempre salgo huyendo, ilesa, por razones que no puedo explicar. "La vida (mi vida) continúa", dijeron todos los presentes y nunca entendí a qué se referían. 
"Tu madre se ha muerto pero la vida continúa" ¿Qué vida continúa? ¿La mía? 
La muerte se llevó tu presencia y una parte de mi alma. Un alma rota no vive, sobrevive. Eso es lo que hago ahora: sobrevivir a tu ausencia eterna.
Por lo tanto, digamos, me paso la casi-vida entre recuerdos y soledades. Tu risa escandalosa, tus ojos claros y tu voz de viento otoñal. Porque en otoño naciste y en otoño te largaste o te largaron de este mundo. Suerte tienes de que tu existencia haya sido efímera, aunque más cuenta el sufrimiento que los años, así que tú también lo sufriste. Más que yo, sin duda, porque entre dictaduras y abandonos te tocó caminar. 
Nunca recuerdo la fecha de tu huida perpetua, es el clima, y su aliento triste, el que me regresa a tus ojos cerrados y tu nariz con algodones. Cuando la imagen cae en mi mente como un rayo mortal, recuerdo un día así, hace trece años.
Soy más grande y más fuerte, pero me sigue derrumbando la última imagen de ti. Nunca más me miraste, nunca más tus manos en mi rostro, nunca más tus comidas, nunca más tus gritos, nunca más tu voz de viento otoñal. Nunca más tú.
"Solo está dormidita", dijo un tipo mientras yo te miraba impávida e inmóvil la noche del ocho de mayo. No está dormida, so huevón, está muerta y no volverá. No me trates como imbécil. 
Realmente la gente pensaba que era una niña por esos días. La muerte te aumenta los años y las preocupaciones. Los trastornos se acentúan y te alejas de ti misma. Abandonas la inocencia para que otra persona habite en ti. Mi madre se murió, señor, no está dormida, no tengo cinco años, tengo once, y así hubiese tenido cinco, también lo hubiese entendido. La muerte es como las matemáticas, en cualquier país habla el mismo idioma. La única diferencia es que la primera resuelve problemas, la segunda es un problema sin solución. Una E al reverso y tachada. Sin solución, no existe. Dos catetos al cuadrado iguales a la hipotenusa al cuadrado no van a traerte de vuelta.
Las viejas cucufatas que te odiaron también fueron a llorarte, como si les importaras. Yo quería largarlas. Que tu madre se muera te da el derecho de hablarle a la gente como te dé la gana, como realmente quisieras hablarles, aunque sea solo por ese momento. "La vida continúa", fuera vieja de mierda.
Al principio del relato había dicho que los recuerdos se iban desvaneciendo como el humo que salía cada noche de tus labios ligeros, pero este día me trae de vuelta la amargura y revive rencores con el mundo. Tú misma tenías rencores con el mundo y tuviste la suerte de irte antes.
Recién me doy cuenta que te escribo como si pudieras leerme. Te escribo como cuando tenía cinco años y te regalaba cartas y dibujos. Con colores y palabras felices. Cuando abrías los sobres me abrazabas y llorabas de alegría porque alguien te amaba con toda su alma. 
Ya ves, te llevaste un pedazo de ella. Un alma incompleta no puede habitarme por mucho tiempo.
La gente habla de vida ¿Cuál vida? Si yo también he muerto. 






martes, 22 de abril de 2014

El hombre de prensa


Apenas salió de su oficina dirigió su mirada hacia donde yo estaba sentada. Los jeans desgastados y su camisa clara hacían juego con su rostro de barba impecable. Miraba sonriendo, mientras sus ojos me examinaban como rayos equis. 
De pronto, sentí que había dejado de controlar mis movimientos. Fue un trance de segundos en el que mi mente se mantuvo poseída por un impulso que no deseo comprender. 
Cuando desperté estaba cerca de él, saludándolo, presentándome con nombre y apellido. Con voz firme y marcial. 
Yo lo conocía, hace tiempo lo veía. No obstante para él, mi presencia era extraña aunque familiar. Una dicotomía imprecisa que tiene que ver con apariciones fugaces en el tiempo. Con miradas cruzadas en conferencias o ponencias que resultan ser siempre impersonales. En una o en varias nos habíamos visto de lejos. Sin saludarnos ni presentarnos.
Su actitud acogedora me hizo quedar de pie, contemplándolo. Luego tuve que reaccionar porque debía ingresar a una reunión en la sala contigua y, además, saludar a quien había estado esperándome. 
Desde mi nueva estancia el sol, a punto de desvanecerse, apuntaba a la mampara que a su vez dejaba ver la escalera que daba al segundo piso de la casona. 
Cuando mi cita hubo terminado, permanecí sentada en mis aposentos efímeros. Entonces él reapareció bajando la escalera de madera iluminada. A mitad de camino se trepó desde el techo para hacer flexiones. Las señoras de la oficina lo alentaban “¿Hoy cuántas vas a hacer?”. 
Su cuerpo se balanceaba como el de un veinteañero cualquiera. Finalmente bajó y me descubrió desde el otro lado del bastidor con la boca abierta de sorpresa y sonrisa, acaso complicidad. 
Se despidió. Con su barba blanca e impecable, con sus jeans desgastados, con sus sesenta y tantos años y su voz de locutor. 
Se iba de mi vista con el sol de media tarde. Con la promesa de volver a verlo un abril cualquiera para presentarme nuevamente con voz firme y marcial, como sus artes.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Nunca tanto como hoy


Se había deshecho de las noches. De su calor. Su color. Su aroma a madrugada. Su sabor a nueces. Su piel lozana. Su sonrisa terca de cuando buscaba sus labios y se escondía.
Jugando.
Se había deshecho de su voz tibia. De las sábanas que una vez envolvieron sus piernas. Su sexo. Su excitación de mediodía.
Medianoche.
Era la última vez, dijo. La última vez de las últimas veces que se había largado.
Era el agónico para siempre sucumbiendo ante el último nunca más.
Su rastro, como sus cabellos, se había disuelto como la sal que se mueve en el agua. Al final. Digo. Al final. Siempre se empoza en el fondo. Como en el alma. Como en la herida.
Era ahora sangre seca que ha de caerse. Lágrima evaporada. Fiebre controlada. Adiós. Dijo otra vez. Se había despedido tantas veces. Quien se despide tanto no quiere irse. No. Pero se fue.
Recogió su ropa y sus pasos. Recogió sus besos y todos los líquidos derramados. Adiós.
Y que la infelicidad sea tu compañera.
Así será, respondió.
Sus ojos ensangrentados que alguna vez dijeron tanto. Adiós. Cinco letras y un golpe seco de puñalada.
Ni una palabra.
Abrázame.
No más.
Adiós otra vez.
Y que el rencor no te deforme la cara.
Lo que mal empieza, mal acaba.
Adiós.
No quiero.
Adiós.
Bésame.
No más.
Puñalada.


martes, 2 de octubre de 2012

Cazadora de tiempos



Tus cabellos cual refugio sobre mi rostro
tus manos palpando poco a poco.
Besas con la lentitud de una mujer plena
con la suavidad de maestra
Tus pechos generosos en mis ojos
yo los veo sin creer que estás ahí
Tú, cazadora de tiempos, piel canela
tú, morena y serena,
me llevas y a donde voy quieras
me llevas al ritmo de tus tambores, tus sonidos
tu ritmo de otro continente
que en el mejor momento te habita
Me llevas con el movimiento circular de tus caderas
Morena y serena
tu cintura una maravilla
mis manos conocen tu cuerpo
y tiemblan como primerizas
Tu ritmo penetra en mi piel tibia
tu voz un susurro excitado.
Morena tu espalda morena la recorro,
tu ombligo mi despertar, tus besos,
mi cuello, los gemidos
Morena y serena, cazadora de tiempos
tus piernas el camino de perdición
tus muslos yo los muerdo
tu respirar entrecortado
Voy subiendo.
Toda tú en mí, nuestra respiración cruzada
Sabes a gloria, sabes a primavera,
eres sol de mediodía
eres lluvia que moja sin piedad.
Bendita morena que esta noche para siempre,
las estrellas que nos han visto
guarden el más húmedo de los secretos.


sábado, 10 de diciembre de 2011

COLUMNA DE CÉSAR HILDEBRANDT


Tomado del semanario En sus trece 
MATICES - Columna de César Hildebrandt

CARTA A HUMALA

Las decepciones son mayores cuando las esperanzas son más intensas. A pesar de que la segunda vuelta obligaba a Ollanta Húmala a la moderación y a la búsqueda de consensos, era obvio que quienes votaron por él conservaron la expectativa de que un gobierno suyo iba a traer algunos cambios cualitativos. De eso se trataba, precisamente, la pelea política y moral con Keiko Fujimori.

Esa esperanza de cambios ha terminado.

En un proceso semejante a la progeria, esa enfermedad que envejece a los niños a la velocidad del infortunio, Húmala se ha resignado a gerentear el Perú.

El poder económico ha hecho con él lo que logró hacer con casi todos: ensillarlos, adobarlos, engullirlos. Al empresario salitrero Billinghurst no lo pudieron convertir en sirviente y por eso le dieron un golpe de Estado. Al general Velasco no lo pudieron asustar y por eso lo han convertido en el demonio temido al que hay que seguir aporreando desde sus medios de comunicación.

Todos los demás entraron al redil.

Húmala acaba de hacerlo a paso redoblado.

La declaratoria del estado de emergencia cuando se estaba a punto de llegar a un acuerdo no sólo dejó mal parado a Salomón Lerner sino que fue un mensaje hacia el futuro: los acuerdos son peligrosos cuando uno no está dispuesto a cumplirlos, mejor es militarizar "las ciudades alzadas".

Cajamarca no es una villa levantisca. Cajamarca está harta de esa minería avariciosa que todo lo enmu¬gra con sus ácidos, sus humos ponzoñosos, su dinástica mierda.

Cajamarca no está contra la minería que respeta y concede. Está en contra de ese antro aurífero, colonial-mente prepotente, llamado Yanacocha.

Ahora Cajamarca es una ciudad tomada "por las fuerzas del orden".

¿De qué orden?

Del orden tal como lo entiende la derecha pre Gutenberg peruana. Es decir, palo y bala si es necesario con tal de que nadie se oponga a nuestro destino de vendedores de rocas molidas. Y palo y bala para los que osen enfrentarse a 200 años de desprecio.

Húmala es nuestro nuevo Zelig. Habla como Sánchez Cerro, actúa como Alan García, decide como lo hubiera hecho Luis Bedoya. Ya ni siquiera disimula, lo cual, en efecto, es un mérito. Caída la máscara del reformador, apagadas las luces del centrista, Húmala marcha a paso ligero a ser el albacea del modelo que aquí impuso una banda de delincuentes cuyo cabecilla tiene una sentencia de 25 años por delitos de lesa humanidad. Que Húmala se prepare para otros Cajamarcas. Si cree que va a intimidar actuando como un matón que ordena detener durante diez horas, sin mandato judicial alguno, a dirigentes que salían de una cita en el Congreso, se equivoca.

Si cree que invirtiendo 500 millones de soles en infraestructura (mientras congela, irregularmente, las finanzas del gobierno regional) va a comprar a Cajamarca, se equivoca dos veces.

Y si cree que los aplausos de la derecha y su plebe amaestrada suponen un veredicto popular, se equivoca tres veces.

 
Saldrá este fin de semana una encuesta que dirá que su popularidad ha aumentado, señor Húmala. No se la crea. Detrás de esas cifras está la verdad. La rabia polvorienta de los pueblos que se sienten fuera de toda inclusión política no la miden las encuestas, que a Fujimori también le sonreían.

No les crea, señor Húmala, a los incon¬dicionales que le dicen que usted ha recuperado la autoridad. Eso le decía El Comercio a Sánchez Cerro cuando mandaba bombardear Trujillo, y a Odría, cuando mandaba matar a Negreiros. La historia del Perú está plagada de ovaciones siniestras venidas desde los palcos. Los éxitos "del orden" siempre serán provisorios cuando la meta no es hacer justicia sino durar, congraciarse con los inversionistas mineros, ser plausible para los de siempre.

Era justo borrar a Conga de la cartera de proyectos mineros. No sólo porque es incompatible con la agricultura y la conservación de recursos hídricos de la zona sino porque su Estudio de Impacto Ambiental era, como lo demostró el ex viceministro José de Echa-ve, maliciosamente incompleto. Y porque, además, Conga es hija de Yanacocha, una empresa que ha hecho todo lo posible para que los cajamarquinos la odien y le teman.

Ahora usted repite a Alan García con eso de que el suelo es privado pero el subsuelo es del Estado. Es un argumento tan indigno, intelectualmente tan mísero, que debería avergonzar a quien lo esgrima.

Vayamos al absurdo: ¿Y si mañana unos exploradores chinos o canadienses descubren, en las proximidades de Machu Picchu, un millón de toneladas de oro y varios trillones de metros cúbicos de gas? ¿Nos deshacemos de la zona de amortiguamiento de Machu Picchu? ¿Ponemos en peligro esa maravilla? No, ¿verdad?

Machu Picchu, al fín y al cabo, es el testimonio de una civilización que tuvo una relación amistosa con el medio ambiente. ¿Y por qué el pasado, por más majestuoso que sea, puede resultar más respetable que los límpidos presentes de una región que vive hace siglos de producir cosas fragantes que se comen?

Para llegar al subsuelo hay que perforar los suelos, abatir las propiedades, cambiar los paisajes, matar aguas. Decirle a Cajamarca que el suelo es suyo pero el subsuelo es "nuestro", es decirle que el suelo no es suyo y que está expuesto a la voracidad minera y a la complicidad del Estado con los poderes fácticos.

Somos una república unitaria, pero no somos una dictadura unitarista. Somos un país, no un cuartel. Y usted prometió (tengo las grabaciones respectivas) aguas y lagunas conservadas para Cajamarca, un nuevo país para los que han esperado tanto, cambios y reformas en los contratos de inversión que, tomando como base el interés público, así lo requirieran.

Presidente Húmala: no crea que es usted muy original. Tiene usted una ascendencia histórica abundante, aquí y en América Latina.

Y a usted, que ahora profesa tan auténtica amistad por Chile, le contaré brevemente la historia de Gabriel González Videla, un probable clon suyo que gobernó a nuestro amable vecino del sur.

González Videla llegó al poder en Chile en 1946. Logró eso porque contó con el apoyo de un frente popular que incluía al poderoso Partido Comunista de Chile. Y obtuvo el respaldo de ese frente, que incluía al Partido Radical, porque prometió un Chile nuevo y más justo.

Pues bien, la presión de los conservadores, las amenazas de Washington (un diálogo con Truman fue decisivo), la falsedad o endeblez de sus convicciones empujaron a González Videla a reprimir salvajemente las huelgas de mineros que reclamaban mejores salarios y a quienes él, precisamente, había prometido nuevas perspectivas y trato más digno. De inmediato, dictó la famosa Ley de Defensa Permanente de la Democracia, declaró al Partido Comunista ilegal, censuró las publicaciones de izquierda y convocó a conservadores y liberales a integrar un gabinete que se llamó "de concentración nacional". Pablo Nerada, que en ese entonces era senador por el Partido Comunista, fue perseguido, vivió durante meses en la clandestinidad y, al final, penosamente, por tierra, pudo salir en secreto de Chile.

En su Canto General, Neruda escribió estas líneas bajo el título "González Videla": "...En Chile no preguntan, los puños hacia el viento,

los ojos en las minas se dirigen a un punto, a un vicioso traidor que con ellos lloraba, cuando pidió sus votos para trepar al trono... A mi pueblo arrancó su esperanza, sonriendo, la vendió en las tinieblas a su mejor postor, y en vez de casas frescas y libertad lo hirieron, lo apalearon en la garganta de la mina, le dictaron salario detras de una cureña, mientras una tertulia gobernaba bailando con dientes afilados de caimanes nocturnos". En el Perú no tenemos, fatalmente, a un Neruda. Pero quizá hemos empezado a tener a un González Videla.

Alguien que pierde los ideales, un gobierno que abandona su esencia, un horizonte de bala y pragmatismo, la política hecha medición de PBI y aplauso de las agencias de calificación de riesgo, ¿qué son, qué galaxia de sentido forman? El fenómeno tiene un nombre: es la derrota de la inteligencia y el triunfo de la administración.■

sábado, 26 de noviembre de 2011

Lima y el resto del Perú - Una crónica desde las entrañas de la indiferencia.

Lunahuaná es, quizá, el lugar más próximo al cual acudir para escaparse de la rutina capitalina y disfrutar del sol y el deporte de aventura. Pasar una noche entre amigos, entre copas, entre varios vasos de plástico llenecitos de alguna marca extranjera de whisky. Armar una carpa y estirar los músculos y que luego la amiguita de turno te provoque las más extraordinarias erecciones.

Sin embargo, a unas 3 o 4 horas del paraíso sexual juvenil, viajando en combi con el suave olor del sudor, de los costales con verduras y de los alimentos no perecibles provenientes de Cañete, existe un pueblito llamado Ayza.

Hasta allí llegamos. Eran las 9 de la mañana. Habíamos salido de Catahuasi 3 horas antes y pasado la noche en una posada que con suerte encontramos. Con la misma suerte entramos 3 personas en una sola cama.

Ayza es un pueblito cuesta arriba, no por sus avances económicos o tecnológicos o por sus ingresos per cápita en ascenso. Es cuesta arriba por sus caminos empinados y el esfuerzo que día a día sus pobladores hacen para sobrevivir en un lugar donde a duras penas llega la electricidad. En Ayza no hay Internet y la señal de la telefonía móvil no existe. Tampoco tiene agua potable. Hay una escuelita de tripley bien pintada y con el irónico anuncio de “El Perú Avanza” en sus aires. Ayza está ubicada en la provincia de Yauyos, que queda en la ciudad de Lima. Lima la capital ¿La qué? La capital del Perú.

Mientras recorríamos la calle principal, buscábamos algún poblador que tenga un burro disponible para subir nuestras cosas a Tupe, un anexo de Ayza. Nuestro destino final.

Tupe es Ayza, Ayza es Tupe, pero a Tupe hay que ir caminando y si no tienes experiencia te demoras 4 o 5 horas según tu esfuerzo. No hay carreteras. Solo un camino en el cerro al borde de un precipicio con algo de vegetación en su recorrido.

El señor Mario nos alquiló un burro para que cargue nuestras cosas. Así el recorrido se hacía menos trágico. El animal nos costó 20 soles y nos recibió con el pene erecto que rozaba el suelo de Ayza. Al costado del burro estaba la niña guía, Carmen, tenía 9 años y cuando nos hablaba miraba hacia abajo, como avergonzada. Se reía cuando le hacíamos alguna pregunta:
-Carmen, ¿No tienes que ir al colegio hoy?
-No tengo clases pe si es sábado -, respondía sin dejar de sonreír y mirar al suelo jugando con su zapato que alguna vez fue negro y que alguna vez tuvo pasadores.

Iniciamos la caminata. Eran las 9 y media de la mañana. El sol asomaba cada minuto más. Se hacía más pesado caminar. Se desvanecía el agua de nuestras botellas y mis ganas de seguir. Incrementaban mis deseos de regresar a casa, tomar una ducha, coger mi computadora y dedicarme a hacer nada importante, nada relevante, olvidarme que existe Ayza, Carmen, que existe un burro cargando mis cosas, que existe un sol sofocante, que existo yo frente al olvido histórico. Borrar de mi mente que Perú le daba la espalda a su gemelo pobre y feo.

A las 11 de la mañana estábamos en medio de la nada. Si miraba hacia adelante veía un camino interminable, atrás el paisaje no cambiaba. Seguimos caminando. Ya nadie hablaba. Estaba sudando, intentando respirar, tratando de no beber y guardar mi reserva líquida para el resto del viaje, aún nos quedaban 2 horas.

A la una y media de la tarde logramos divisar un puente rudimentario por el que pasaban mujeres con la misma vestimenta que antes habíamos visto en Ayza: falda a cuadros y pañoleta color guinda y zapatos negros cerrados. Cuando vi el puente sentí que había concluido mi propósito de vida, ya podía morir en paz. Apenas lo cruce me podía llevar o dios o el diablo, pensaba. Lo único que quería era quedar inerte en el suelo tupino. Para siempre.

Había un letrero mediano al final del puente que decía: “Bienvenidos a Tupe”. Imaginé que luego de ese puente habría una feria, una plaza donde vendían artesanías, comida típica, diversión, turismo, vida, alegría, relajo. Sin embargo, cuando lo pasamos, nos recibió una plaza desolada, apenas enrejada, con bancas a su alrededor. El sol incidía casi directamente en el centro. El único ruido que se escuchaba era el que más allá hacían los obreros que construían una escuela de material noble, la única edificación de material noble en el paisaje. Las casas, incluso el hotel, eran de quincha y adobe.

Cruzamos la plaza y fuimos a la casa del señor Pedro, él nos hospedaría porque en el hotel ya no cabía espacio, estaba ocupado por los obreros traídos tal vez de algún lugar de Cañete. Durante el corto trayecto lo único que vi, a parte de las casitas, fueron las heces de burro por todos lados, el hedor era insoportable.

Nadie en casa de Pedro. Eran las 2 de la tarde y nuestros estómagos rugían reclamando alimento. Destapamos la cocina -su puerta era un pedazo de metal negro- que estaba ubicada al costado de la vivienda. No tenía más de 3 metros de largo. De ancho había apenas 2 metros. Encontramos una mesa, platos de plástico, pequeñas ollas y una cocinita que funcionaba a kerosene. Todo indicaba que debíamos cocinar.

Mientras los demás preparaban algo de comer, una niña se acercó a la casa. Yo estaba sentada en el frente, mi cabeza se partía en dos, en tres, en cuatro debido a la altura. Le pregunté su nombre. Cinthia tenía 10 años, 6 hermanos y su mamá se había ido al cerro a pastar a los animales, le pregunté a qué hora llegaba su mamá:
-A la noche, más tarde viene.
-¿Has almorzado Cinthia?- pregunté.
- No
- ¿A qué hora almuerzas?
- Cuando llegue mi mamá.

Su mamá llegaba a las 6 de la tarde, antes de que oscurezca completamente. Así que le dije a Cinthia que se siente conmigo y comamos el tallarín con atún que ya estaba listo. También se acercó otra niña más, Sandy, tenía 6 años pero su estatura era de una de 4. Se acercó arrastrando una botella de plástico aplastada que tenía un hueco en uno de los extremos por el cual atravesaba un pedazo de pabilo. Era su auto de juguete. Sandy tampoco había almorzado. Las tres nos sentamos a comer. Tomamos gaseosa comprada en una de las tiendas sin ventilación de por allí.

No hay lluvia y la noche tupina está estrellada. A las 19 horas las calles son desiertas, solo se escucha la bulla de las familias al interior de sus viviendas. El señor Pedro ha llegado con su esposa y nos han preparado la cena: pan, queso, cancha, oca y hierba luisa. Nuestro equipaje está en el segundo nivel de la casita, al cual se llega por una escalera que parece estar a punto de caer. El segundo piso no tiene ventanas. Hay dos camas con colchones que tienen la forma de las olas del mar, es decir, no dormiré bien.

Ya no hay bulla en todo Tupe. Son las nueve de la noche. Quiero llamar a casa. Todos queremos comunicarnos con nuestras familias y el único teléfono está del otro lado de la plaza. Caminamos y encontramos un espacio reducido donde hay dos teléfonos públicos. Al frente una tienda en la que venden tarjetas telefónicas a 5 soles. Nos toca hacer cola para coger algún teléfono. Delante de nosotros hay una mujer acompañada de 3 niños. Son sus hijos. La mujer que ocupa el otro teléfono está acompañada de 4 niños, uno más grande que el otro, también son sus hijos. 

El limeño no descansa antes de las diez. Mientras Tupe duerme nosotros permanecemos sentados frente a la casa de Pedro y fumamos y contemplamos las estrellas y queremos que nuestra corta estadía culmine ya y nos morimos de frío y pienso en Cinthia y en Sandy y en su carro, en su mamá, en sus hermanos. Cinthia dice que sólo tiene un carnero, no tiene burro. En Tupe los que tienen burro tienen más plata porque con el burro pueden traer cosas desde Ayza que llegan en camión desde Cañete. Y entonces recuerdo lo que me dijo Cinthia cuando le pregunté si creía en navidad. "Sí", contestó, pero no podían darle regalos “porque no hay plata pues, muy caro es dice mi mamá”.
- ¿Qué quieres para navidad Cinthia?
- Una muñeca-, me responde sonriendo y en sus ojos un brillo llenecito de inocencia. Cinthia sonríe y es feliz soñando cuando le digo que volveré una navidad y le traeré la muñeca más linda que encuentre en Lima y le pondré su nombre.

Es domingo y despierto con un dolor criminal en la espalda, Freddy Cruger entró en mis sueños y con la sierra eléctrica de Jason me partió en dos. Bajé para intentar lavar mis dientes y la cara en el único caño que tiene la casa y que extrañamente está fuera de ella. No hay duchas y el agua que entra en mi boca adormece los músculos faciales. Termino la tarea con la sensación de nunca más querer mojarme. Tomamos desayuno. Esta vez hay pan, queso, oca, cancha y sopa. Una sopa buenísima y a la temperatura perfecta para que mis músculos vuelvan a recuperar el movimiento y logren articular palabra alguna, me sale “gracias”.

Queremos entrevistar al alcalde de Tupe (para hablar del jaqaru, una lengua propia de Tupe, que está en extinción) y nos informan que el señor llega el lunes. Sospecho que el alcalde no vive por aquí, no sé si viva en Ayza o tal vez no sea tupino. No lo sé. Lo único que sé es que quizá no lo entrevistemos porque hoy tenemos planeado irnos. 

Por nuestro lente pasan pobladores, profesores y niños en general. Mi amigo que fungía de director del "documental" acerca del jaqaru, nos da la amarga noticia: debemos quedarnos un día más para entrevistar al alcalde.

Estaba resignada. Mi casa, cama, amigos, mis noches limeñas, los bares, el Tayta, Barranco, Tizón, el malecón, la bicicleta, las chelas del grifo, los amigos, los chistes, la parrilla, el vino, el verano limeño y las hormonas descontroladas. Todo formaba parte de una utopía. Un sueño de opio. El panorama era el de un cerro desconocido, las heces de burro por todos lados, el dolor de cabeza, la poca comida que podíamos conseguir pese a tener dinero. Pensaba en Cinthia y en todos los problemas que la rodeaban y sin embargo ella sonreía y no se daba cuenta, Sandy y su juguete con el que inexplicablemente se divertía, en la pelota desinflada con la que jugué con unos niños en la plaza, era domingo en la tarde y yo podría estar en casa almorzando o aplastada leyendo, pero estaba a varias horas de allá. Jugando con niños que no conocía, que tenían sus zapatos blancos porque no hay betún, tenían la ropa vieja, las mejillas rojas, la nariz con mucosidad y reían y yo quería llorar y ellos reían y yo quería coger mis cosas y largarme y no regresar nunca más y ellos continuaban riendo felices, desconociendo lo que existe más allá de su pueblo, desconociendo que hay un grupo minoritario de gente egoísta que difícilmente ve más allá de sus narices, de sus pistas, de sus casas, de sus playas, de su buen vivir, de su buen comer, de su buen vestir. Un grupo que, sin embargo, se alimenta de los impuestos que los tupinos deben pagar. Y una parte de ese grupo viste de sastre y corbata y sonríe a la cámara y otras veces le sonríe a su propia billetera y ese falso sentir los hace merecedores de un cargo público que ostentan con hidalguía perfumada de hipocresía y se sientan y se cagan en el llanto del lugar más paupérrimo y lejano del Perú olvidado, esa plaza, esos niños, esa gente, ese Perú pobre y feo que no queremos ver.

La mañana estaba húmeda. Ya era lunes. Coloqué la cámara de tal manera que enfoque toda la plaza mientras los niños formaban antes de ingresar a la escuelita que por ahora era un conjunto de aulas improvisadas -con paredes de lata- que ellos mismos limpiaban todas las mañanas antes de sus clases ¿Cómo van a limpiar ellos sus aulas? Los vi: niñas con escobas, niños con baldes cargando agua para limpiar su lugar de estudio. Cinthia barría, llevaba la misma ropa de hace dos días cuando la vi por primera vez.

Cantaron el himno nacional, el himno peruano, la voz en alto, orgullosos ¿Cómo pueden cantar el himno de un país que los tiene olvidados? ¿Cómo puede uno amar a un país que desconoce su existencia, sus necesidades, sus penas, sus alegrías, su pobreza? 

Nunca entrevisté al alcalde. Nunca lo conocí. Nunca llegó y me largué de Tupe. Cogí mis cosas y me fui sin despedirme ni de Cinthia, ni de Sandy, ni del señor Pedro. Me largué molesta y con los ojos abiertos de realidad. Más allá de Lima, más allá de las grandes ciudades.

Así como Tupe hay miles de pueblos olvidados por los gobiernos de turno que hace más de 20 años defienden un sistema intocable y perfecto y miserable.

Fui a Tupe en julio de 2010, en el último año de gobierno del presidente Alan García. Meses después el mandatario colocó una estatua de 30 metros en el cerro del distrito limeño de Chorrillos. Una estatua rimbombante, altanera, soberbia. García había donado 100 mil soles para colocar ese pedazo de concreto inservible y banal que además está dotado de un sistema eléctrico para que todas las noches alumbre las costas limeñas de la manera más ridícula y estúpida posible.

Mientras tanto en Tupe todo seguía igual: sin agua potable, sin servicios higiénicos en las casas, sin comunicación, sin pistas y débilmente iluminado. Aquí no más, a unas horas de Lima.