martes, 22 de abril de 2014

El hombre de prensa


Apenas salió de su oficina dirigió su mirada hacia donde yo estaba sentada. Los jeans desgastados y su camisa clara hacían juego con su rostro de barba impecable. Miraba sonriendo, mientras sus ojos me examinaban como rayos equis. 
De pronto, sentí que había dejado de controlar mis movimientos. Fue un trance de segundos en el que mi mente se mantuvo poseída por un impulso que no deseo comprender. 
Cuando desperté estaba cerca de él, saludándolo, presentándome con nombre y apellido. Con voz firme y marcial. 
Yo lo conocía, hace tiempo lo veía. No obstante para él, mi presencia era extraña aunque familiar. Una dicotomía imprecisa que tiene que ver con apariciones fugaces en el tiempo. Con miradas cruzadas en conferencias o ponencias que resultan ser siempre impersonales. En una o en varias nos habíamos visto de lejos. Sin saludarnos ni presentarnos.
Su actitud acogedora me hizo quedar de pie, contemplándolo. Luego tuve que reaccionar porque debía ingresar a una reunión en la sala contigua y, además, saludar a quien había estado esperándome. 
Desde mi nueva estancia el sol, a punto de desvanecerse, apuntaba a la mampara que a su vez dejaba ver la escalera que daba al segundo piso de la casona. 
Cuando mi cita hubo terminado, permanecí sentada en mis aposentos efímeros. Entonces él reapareció bajando la escalera de madera iluminada. A mitad de camino se trepó desde el techo para hacer flexiones. Las señoras de la oficina lo alentaban “¿Hoy cuántas vas a hacer?”. 
Su cuerpo se balanceaba como el de un veinteañero cualquiera. Finalmente bajó y me descubrió desde el otro lado del bastidor con la boca abierta de sorpresa y sonrisa, acaso complicidad. 
Se despidió. Con su barba blanca e impecable, con sus jeans desgastados, con sus sesenta y tantos años y su voz de locutor. 
Se iba de mi vista con el sol de media tarde. Con la promesa de volver a verlo un abril cualquiera para presentarme nuevamente con voz firme y marcial, como sus artes.

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