jueves, 8 de mayo de 2014

Como si pudieras leerme

Había pasado tanto tiempo, que los detalles se desvanecían como el humo del cigarrillo que fumabas antes de dormir.
Ya no recuerdo las caras que vi, ni a cuántos saludé, ni a quiénes odié para siempre o desde siempre. En días como hoy que se hacen lejanos, solo un vacío me invade. Una fuerza incomprensible que me arrastra al rincón de cualquier lugar y me somete hasta la debilidad infame del recuerdo y el llanto.
Cada ocho de mayo desde entonces ha sido igual. El cielo gris y la neblina tímida es de lo poco que recuerdo. Hoy por ejemplo, el mismo clima me sorprendió y me hizo viajar hasta ese lugar lejano que resulta ser el día de tu muerte.
Una procesión de soledades me habita desde entonces y siempre salgo huyendo, ilesa, por razones que no puedo explicar. "La vida (mi vida) continúa", dijeron todos los presentes y nunca entendí a qué se referían. 
"Tu madre se ha muerto pero la vida continúa" ¿Qué vida continúa? ¿La mía? 
La muerte se llevó tu presencia y una parte de mi alma. Un alma rota no vive, sobrevive. Eso es lo que hago ahora: sobrevivir a tu ausencia eterna.
Por lo tanto, digamos, me paso la casi-vida entre recuerdos y soledades. Tu risa escandalosa, tus ojos claros y tu voz de viento otoñal. Porque en otoño naciste y en otoño te largaste o te largaron de este mundo. Suerte tienes de que tu existencia haya sido efímera, aunque más cuenta el sufrimiento que los años, así que tú también lo sufriste. Más que yo, sin duda, porque entre dictaduras y abandonos te tocó caminar. 
Nunca recuerdo la fecha de tu huida perpetua, es el clima, y su aliento triste, el que me regresa a tus ojos cerrados y tu nariz con algodones. Cuando la imagen cae en mi mente como un rayo mortal, recuerdo un día así, hace trece años.
Soy más grande y más fuerte, pero me sigue derrumbando la última imagen de ti. Nunca más me miraste, nunca más tus manos en mi rostro, nunca más tus comidas, nunca más tus gritos, nunca más tu voz de viento otoñal. Nunca más tú.
"Solo está dormidita", dijo un tipo mientras yo te miraba impávida e inmóvil la noche del ocho de mayo. No está dormida, so huevón, está muerta y no volverá. No me trates como imbécil. 
Realmente la gente pensaba que era una niña por esos días. La muerte te aumenta los años y las preocupaciones. Los trastornos se acentúan y te alejas de ti misma. Abandonas la inocencia para que otra persona habite en ti. Mi madre se murió, señor, no está dormida, no tengo cinco años, tengo once, y así hubiese tenido cinco, también lo hubiese entendido. La muerte es como las matemáticas, en cualquier país habla el mismo idioma. La única diferencia es que la primera resuelve problemas, la segunda es un problema sin solución. Una E al reverso y tachada. Sin solución, no existe. Dos catetos al cuadrado iguales a la hipotenusa al cuadrado no van a traerte de vuelta.
Las viejas cucufatas que te odiaron también fueron a llorarte, como si les importaras. Yo quería largarlas. Que tu madre se muera te da el derecho de hablarle a la gente como te dé la gana, como realmente quisieras hablarles, aunque sea solo por ese momento. "La vida continúa", fuera vieja de mierda.
Al principio del relato había dicho que los recuerdos se iban desvaneciendo como el humo que salía cada noche de tus labios ligeros, pero este día me trae de vuelta la amargura y revive rencores con el mundo. Tú misma tenías rencores con el mundo y tuviste la suerte de irte antes.
Recién me doy cuenta que te escribo como si pudieras leerme. Te escribo como cuando tenía cinco años y te regalaba cartas y dibujos. Con colores y palabras felices. Cuando abrías los sobres me abrazabas y llorabas de alegría porque alguien te amaba con toda su alma. 
Ya ves, te llevaste un pedazo de ella. Un alma incompleta no puede habitarme por mucho tiempo.
La gente habla de vida ¿Cuál vida? Si yo también he muerto. 






martes, 22 de abril de 2014

El hombre de prensa


Apenas salió de su oficina dirigió su mirada hacia donde yo estaba sentada. Los jeans desgastados y su camisa clara hacían juego con su rostro de barba impecable. Miraba sonriendo, mientras sus ojos me examinaban como rayos equis. 
De pronto, sentí que había dejado de controlar mis movimientos. Fue un trance de segundos en el que mi mente se mantuvo poseída por un impulso que no deseo comprender. 
Cuando desperté estaba cerca de él, saludándolo, presentándome con nombre y apellido. Con voz firme y marcial. 
Yo lo conocía, hace tiempo lo veía. No obstante para él, mi presencia era extraña aunque familiar. Una dicotomía imprecisa que tiene que ver con apariciones fugaces en el tiempo. Con miradas cruzadas en conferencias o ponencias que resultan ser siempre impersonales. En una o en varias nos habíamos visto de lejos. Sin saludarnos ni presentarnos.
Su actitud acogedora me hizo quedar de pie, contemplándolo. Luego tuve que reaccionar porque debía ingresar a una reunión en la sala contigua y, además, saludar a quien había estado esperándome. 
Desde mi nueva estancia el sol, a punto de desvanecerse, apuntaba a la mampara que a su vez dejaba ver la escalera que daba al segundo piso de la casona. 
Cuando mi cita hubo terminado, permanecí sentada en mis aposentos efímeros. Entonces él reapareció bajando la escalera de madera iluminada. A mitad de camino se trepó desde el techo para hacer flexiones. Las señoras de la oficina lo alentaban “¿Hoy cuántas vas a hacer?”. 
Su cuerpo se balanceaba como el de un veinteañero cualquiera. Finalmente bajó y me descubrió desde el otro lado del bastidor con la boca abierta de sorpresa y sonrisa, acaso complicidad. 
Se despidió. Con su barba blanca e impecable, con sus jeans desgastados, con sus sesenta y tantos años y su voz de locutor. 
Se iba de mi vista con el sol de media tarde. Con la promesa de volver a verlo un abril cualquiera para presentarme nuevamente con voz firme y marcial, como sus artes.